OCTAVIO PAZ





Nació el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac (Distrito Federal de México). Era nieto del escritor Irineo Paz, y la biblioteca de su abuelo, fue la primera en mostrarle las obras culturales más representativas. Su padre era Octavio Paz, que había participado en la Revolución Mexicana.  De pequeño, se mudó con su familia a Estados Unidos, donde comenzó sus estudios. La sangre revolucionaria legada por su progenitor, se manifestó en su participación en los levantamientos estudiantiles, que lograron la autonomía de la Universidad de México, en 1929.

Su primer poema “Cabellera”, lo publicó a la edad de 17 años. A partir de esa época, comenzó la creación y colaboración con revistas literarias, siendo la primera “Barandal”, y luego, “Cuadernos del Valle de México”.

En 1933, apareció su primer poemario “Luna Silvestre”.

En 1937, ocupó el cargo de profesor rural en Yucatán, donde contrajo enlace con la escritora Elena Garro. Ese año viajó a España, durante la Guerra Civil Española, y participó junto a su esposa en el Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Venecia, publicando “Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España”, “Perfil del Hombre” y “No pasarán”. De esa época data su contacto con el poeta Pable Neruda.

Regresó a México en 1938, y colaboró en la creación del diario “El Popular”, siendo su redactor jefe. Ese mismo año, fundó la revista “Taller”, en colaboración con Efraín Huerta y Rafael Solana, donde pudieron expresarse jóvenes escritores españoles exiliados en México.

En 1939 publicó “A la orilla del mundo” y “Noche de resurrecciones”.

En 1940, junto a Xavier Villaurrutia fundó la revista “El hijo pródigo”.

La poesía inglesa llegó a su conocimiento a través de un viaje que realizó a Estados Unidos en 1944, al serle concedida la beca Guggenheim.

Entre 1946 y 1952, fijó su residencia en París, al ingresar al servicio Exterior Mexicano. Allí, conoció varias personalidades como André Bretón y Albert Camus. Sus ideas, bajo tales influencias se inclinaron hacia posiciones antimarxistas y surrealistas. En este período nacieron las siguientes obras: “Libertad bajo palabra” (1949), “Piedra de sol”, “El laberinto de la soledad” (1950), “¿Águila o sol?” (1951) y en 1956 “El arco y la lira”.

El pensamiento oriental, de gran influencia en su creación le fue revelado a través de sus viajes a la India y Japón que realizó en 1951 y 1952, respectivamente.

En 1955, fundó “Poesía en voz alta”, grupo que consolidó con la colaboración de Leonora Carrington, Juan Soriano y Juan José Arreola. Colaboró con la “Revista mexicana de literatura” y con “El corno emplumado”.

En 1956 escribió una obra de teatro: “La hija de Rapaccini”. Ese mismo año fue galardonado con el premio Xavier Villaurrutia.

Regresó a Francia en 1960, y en 1962, fue nombrado embajador de México en la India. De este período, pueden destacarse: “Salamandra” y “Ladera este”.

En 1965, publicó un ensayo dedicado a cuatro poetas destacados: Luis Cernuda (español), Fernando Pessoa (portugués), Ramón López Velarde (mexicano) y Rubén Darío (nicaragüense).

En 1966 y 1967, respectivamente, surgen “Puertas al campo” y “Corriente alterna”.

El 2 de octubre de 1968, se produjo en México la matanza de estudiantes, y esto motivó su renuncia al cargo de embajador como acto de protesta.

Regresó a México en 1971, donde creó la revista “Plural”.

Publicó un poema en prosa “El mono gramático”, posteriormente “Los hijos del limo” (1974), “Pasado en claro” (1975) y en 1976, nace la revista “Vuelta”, de gran difusión y prestigio.

En 1979, surge una obra política “El ogro filantrópico”.

En 1981 se lo condecoró con el Premio Cervantes.

En 1982 publicó “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, en 1983 “Tiempo nublado” y “Sombras de obras”, en 1984 “Hombres en su siglo”, en 1987 “Árbol adentro”, en 1990 “Pequeña crónica de grandes días” y “La otra voz”, distinguiéndoselo en ese año con el Premio Nobel de Literatura.

Entre 1991 y 1995 surgen: “Convergencias”, “Al paso”, “La llama doble”, “Itinerario” y “Vislumbres de la India”.

Tras una larga enfermedad, falleció en la ciudad de México, el 20 de abril de 1998.

ACABAR CON TODO


Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.


Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.


Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.


Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.


Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.


PRIMAVERA A LA VISTA


Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.


El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.


Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.


El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.


EL PAJARO


En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.


Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron...
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.


LA RAMA


Canta en la punta del pino
un pájaro detenido,
trémulo, sobre su trino.


Se yergue, flecha, en la rama,
se desvanece entre alas
y en música se derrama.


El pájaro es una astilla
que canta y se quema viva
en una nota amarilla.


Alzo los ojos: no hay nada.
Silencio sobre la rama,
sobre la rama quebrada


ELEGIA INTERRUMPIDA


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse...
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene...
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.


Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.


Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y en el amanecer de párpados hinchados
el gesto con que deshacemos
el nudo corredizo, la corbata,
y ya apagan las luces en la calle
?saluda al sol, araña, no seas rencorosa?
y más muertos que vivos entramos en la cama.


Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío.

1 comentarios:

georgina miguez lima dijo...

muy hermosa y amplia resena de la vida de este escritor gloria de Mexico y del mundo.,premio Cervantes y Premio Nobel.Se agradecen los poemas seleccionados ...